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La Coctelera

Miguel Ángel Lizaranzu

RELATOS Y POESÍA - - Mantenimiento y actualizaciones: AGUSTÍN LÓPEZ

8 Agosto 2006

CUENTO 1 - De cómo A.C. acabó fumando opio

Sonaron las cinco en el gran reloj de la torre.
Las calles olían bien. En conjunto, todo parecía un cuadro, el retrato de una ciudad europea de finales del siglo diecinueve.
Había carruajes de caballos con sus cocheros y sus viajeros en el interior, gente paseando con grandes sombreros de copa, "señoritas bien" llevadas por el brazo de sus prometidos, niños que jugaban con sus aros manipulándolos con delgados palitos, cafés, la plaza y el gran reloj de la torre.
Un hermoso cuadro que saludaba a las canciones invisibles que subían desde las alcantarillas hacia la superficie perfumada.
Todo ello parecía una fachada de cartón, un decorado lujoso para una gran superproducción,
sin posibilidad de salir del encuadre de la cámara...
Era precisamente en esta situación donde se encontraba A.C., descompuesto y sin novia.
Miró varias veces la hora que marcaba el reloj de la torre.
Sacó de su gabardina un cigarrillo y se lo llevó a la boca, como el que no quería la cosa comenzó a fumar mientras caminaba, con paso sereno, aferrándose al pitillo y temeroso de que los enormes edificios se le desplomaran sobre la cabeza.
La idea tenía cierta gracia, y A.C. se pensó a sí mismo como el director de la escena.
En su mente, la película no tendría título y el protagonista moriría en cada cambio de plano que hiciera la cámara.
¿Cómo explicar?, A.C. tampoco entendía mucho de cine.
Cuando llegó al final de la calle, ya no se divisaba más ciudad, ya no se divisaba nada, sólo silencio.
En el sueño de un loco aquello habría tenido mayor coherencia, allí, NADA.
A.C. preguntó a alguien
-Aquí no hay nada... ¿hacia dónde conduce la dirección opuesta de la calle?
-No lo sé, caballero, esta es su película.
A.C. pensó por un momento si no hubiera merecido la pena mejor dedicarse al teatro.
A.C. llegó hasta el otro extremo de la calle, pero allí tampoco había nada. NADA.
La última calada del cigarro le quemó los labios, pisó la colilla y regresó al punto de donde había partido, a la plaza, las terrazas de los cafés le invitaron a sentarse.
A.C. se acomodó en una mesa que olía a almizcle.
Los carruajes iban y venían, la gente iba y venía...
¿a dónde?...
Pidió una copa de coñac y bebió de ella.

Sonaba un adagio, lento, tranquilo, apacible, evitando todo contacto físico con cualquier extremo emocional.
Gustav Mahler podía ser su dueño, la quinta sinfonía, el adaggieto, la muerte en Venecia.
Era amor en movimiento, toda la tristeza y toda la basura del universo acariciándose mientras los planetas giraban sobre sus orbitas.
A.C. no se encontraba allí, sin embargo lo sentía, oía cada nota, respiraba su color y no hacía nada por evitarlo.
Se sentía el único, un ser limpio y puro a pesar de arrastrar mil crímenes sobre sus espaldas, ¡cuántos besos hubiera dado en aquel momento!
-Un trozo de viento o un pájaro cansado de volar- pensó.
A veces, respirar y vivir era algo tan contradictorio como un adagio.
A.C. tenía el alma y los cojones cansados, abiertos en canal, cansados de frases idiotas como "mañana será otro día" o "no hay mal que por bien no venga", como un huérfano cansado de esperar a sus papás, concebido en una noche sin luz en pleno atolladero, hacia ninguna parte, soñando con el sentido de las cosas.
A.C. estaba recostado sobre la camilla de "Cualquier sitio", el fumadero de opio al que le gustaba ir cuando las cosas no iban demasiado bien (que solía ser bastante a menudo).
Soñaba con todas las mujeres que paseaban por la plaza, soñaba con la brujas que habitaban en sus corazones, soñaba que lo crucificaban y eso le resultaba estimulante.
Se miró las manos y vio extrañas caras de viejos arrugados en sus nudillos.
Todos los viejos formaban la cara de A.C. y él apenas si tenía cuarenta y siete años.
-Ellas con ganas de viajar y yo prefiriendo quedarme estancado en esta ciudad idiota llena de defectos y de humo, corrompida por sus propios besos y a tan sólo dos pasos de la noche en que me prometieron que no me abandonarían jamás...YA, YA, er, er - pensó.
En el sueño, todos esperaban por él, con mucha concentración y dispuestos a morir, A.C. se giraba, se giraba, "YA, YA, er, er", pensaba.
Cualquier situación ante la que sentirse vulgar le aterrorizaba, le carcomía por dentro como la termita al tronco del árbol, el humo del opio dibujaba curiosas formas ante sus narices, dibujos eróticos y fantasmagóricos, pero eso tampoco le tranquilizaba, aquel era un circo romano con un solo espectador, ni siquiera estaba el César, solamente A.C., esperando su milagro.
En el sueño todos llevaban una escalera de bomberos, sin embargo el incendio no pudo ser evitado, las llamaradas llamaron a los héroes, y los héroes acudieron en bandada hacia su "recordaré que seré recordado".
Las pupilas de A.C., ablandadas por el opio, se dilataron aún más, levantó un poco la cabeza y, entre brumas, divisó la figura de una sirena en el umbral del fumadero.
No sabía quien era, pero estaba protegida por el humo, aquello le pareció motivo suficiente de celebración.
A.C. se estremeció de nostalgia, era realmente hermosa, tenía unos ojos oscuros y tristes que se derramaban por su cara, sus labios pequeños guardaban el secreto de la muerte, invitaban a perderse en lo inevitable.
Se acercó hacia la camilla de A.C. y este se incorporó con torpeza.
-Odio a todo el mundo, pero si me invitas a fumar seré tuya- le dijo.
A.C. pidió otra pipa y dejó sitio en el catre para que se acomodase a su lado.
En el sueño, todos apagaban sus cigarrillos y dejaban de aplaudir, entonces, el escenario se convertía en un banquillo de acusados y la sangre se volvía tan fría que apenas si se podía sollozar.

-¡Es cierto!, ¡es cierto!, ¡ya no es sólo un rumor!, ¡ya no sólo se comenta en la calle!, ¡lo dice la radio!, ¡lo dice la radio!, ¡A.C. es premio Novel!, ¡A.C. es premio Novel!
Esto gritaba un loco por las calles de la ciudad.
En ese momento A.C. salía algo aturdido de "Cualquier Sitio", inocente y puro: recién violado.
La gente le sonreía por la calle, gente que no conocía en absoluto se quitaban el sombrero a su paso, él, caminaba confuso sin comprender nada.
Había estado una semana entera metido en el fumadero, controlando sus esfínteres y sintiéndose bien por momentos, de nuevo, en la realidad, las cosas parecían más surrealistas de lo habitual.
-Sólo soy humo de cigarrillo, humo de cigarrillo, yo tengo fé en el veneno, sí, eso me hace fuerte, la fé en el veneno, ¡viva A.R.! YA, YA, er, er- pensaba.
-¡Felicitaciones, señor C.!- le gritó uno de los transeúntes.
"Dios mío, tengo que dejar esta mierda, el opio me esta jodiendo la cabeza...", pensó.
-¡Mi enhorabuena, caballero!- le dijo otro tipo desconocido, entonces detuvo sus pasos.
-Esto ya no es un sueño, esto es algo serio que yo no comprendo...-se dijo para si mismo.
-¡Si, hombre!- continuó el tipo- ¡ahora eres un personaje público! ¡nos perteneces! ¡ahora eres premio Novel!
-¿Premio Novel?
-¡Ahora te queremos todos! ¡eres un gran personaje! ¡tienes el respeto de la humanidad!
A.C. se sintió mal, aceleró su paso en un intento de no dar más conversación a aquel tipo, se sentía idiota, como el príncipe Myshinkin.
Nada podía ya hacerle sentir bien, ni su infancia, ni Dostoievski, ni todo lo que engancha y agarra al mundo, ni siquiera cosquillas en los sobacos de Dios...NADA de nuevo.
Felicitaciones y enhorabuenas le acompañaban el paso.
-Yo no soy un premio Nobel, yo no soy un gentelmen ilustre, soy un pedo y esta alucinación me desagrada...
pero aquello no era un sueño, A.C. no sabía nada de nada y alguien continuaba gritando que él era premio Novel.
-Regreso a "Cualquier Sitio", allí al menos las fantasías tienen encanto.
-¡Pero tú eres premio Novel!
-Lo sé, lo sé- dijó A.C. encaminando sus pasos hacia el fumadero de opio.

-

"Me ha gustado tu cuento", le dije al Tiempo, me sentía como el pobre A.C., "cuéntame más, quiero otro", y El Tiempo sacó su libreta de apuntes y buscó otro bueno.

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Miguel Ángel Lizaranzu

Lucena, España
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Liza y el escuadrón de 1ºC (por Mori) La cafetería era roja, de madera, con luces cálidas envolviéndolo todo, sonaba una canción en la caja de música, "La carta" de los Enemigos, los clientes sorbían café, las dos camareras charlaban sobre algo sin importancia, hacía una tarde rara y el cielo anaranjado comenzaba a bostezar. En realidad todos estaban comenzando a bostezar, el día lo exigía a gritos.

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