CUENTO 10 - Cuatro buenos discos
Era todo cuanto tenía en la vida, cuatro buenos discos.
Herminio Cadalso había sido compositor de música clásica, pero hacía tiempo que no creaba nada en condiciones. De hecho, los trabajos con los que había triunfado, tampoco eran gran cosa, piezas actualizadas de los grandes maestros. Los críticos lo habían aceptado con la misma facilidad con la que lo habían olvidado y ahora sobrevivía haciendo bandas sonoras para películas malas y para algún que otro anuncio en televisión.
Una noche repusieron en el canal cuarenta y dos la película "Amadeus", una buena película. Se sintió identificado con Mozart, él era uno de sus héroes, aunque en lo referente a talento no le llegaba ni a los pelillos de los huevos, Herminio era un hombre sin imaginación.
Se le ocurrió que tal vez él también podía hacer su propio "requiem", su música de difuntos por y para él.
Empezó aquella misma noche, cogió partituras, tinta y pluma y se puso manos a la obra a lo que debía de ser su pieza inmortal, aquello por lo que sería recordado hasta el final de los tiempos.
Pero no salía nada, no podía quitarse de la cabeza los fragmentos del "lacrimosa" y del "confutatis" que acababa de oír en la película. Pensó que mejor al día siguiente, que así tendría la cabeza más despejada y estaría más preparado.
Llegó el día siguiente y tampoco salió gran cosa. Las musas debían de estar cagando...
Al cuarto día Herminio empezó a desesperarse.
Ahora se le había metido en el cráneo la melodía de "Barrio Sésamo" y no podía sacarla de allí.
Todo el rato "la, la, la, la, la, la...", no había manera de trabajar con aquella cancioncilla de por medio.
Herminio odió a "Espinete" y a "la gallina Caponata". Pensó que, quizás, todas sus composiciones las había hecho así, con otras melodías de por medio.
Cogió el abrigo y bajó a la calle a pasear un rato.
Lo que vió en la calle tampoco le inspiró mucho, y la banda sonora de su infancia seguía dale que te pego martilleándole en la cabeza.
Después de un mes Herminio ya no salía a la calle, le había crecido la barba y el pelo, apenas comía y también dejó de lavarse.
Se pasaba las horas delante de aquella partitura en blanco, dibujando a "Blas y Epi" en los márgenes, silbando "Barrio Sésamo".
Estaba bloqueado, muerto por dentro, el requiem de los cojones no aparecía por ningún lado...
Pusó "El Titán" de Gustav Mhaler en su viejo tocadiscos, pero en su mente sólo aparecía "Coco" explicando la diferencia entre "cerca" y "lejos", pusó "La cavalgata de las Walkirias" de Wagner y "Noche en el monte pelado" de Smugowski, todo inútil, su cerebro dibujaba una y otra vez al "monstruo de las galletas" moviendo sus ojos de subnormal azul, devorando y escupiendo galletas como un poseso, "¡¡galletaaaaaas!!, ¡¡galletaaaaas!!"...
Comió un yogurt caducado que le quedaba en la nevera, no le sentó mal al estómago, pero terminó de joderle la mente.
Como si fuera un místico ante una gran revelación, Herminio lo vió todo muy claro...
Subió al viejo desván y buscó entre las cosas de su pasado. Debajo de un montón de libros viejos y de ropa la encontró.
La vieja escopeta repetidora de su padre. Allí estaba, con sus cartuchos y todo.
La limpió con delicadeza, la engrasó, la cargó y se dirigió a la azotea.
Herminio vivía en pleno centro de la ciudad, de modo que no le costó mucho tiempo encontrar gente.
Disparó indiscriminadamente, al cartero, al policía, a la mujer embarazada de la esquina y a su pequeño hijito... no tenía preferencia especial por nadie.
Herminio no era racista, y disparó sobre blancos y negros por igual, las cabezas de los árabes saltaban por los aires, recordó aquellos cuatro buenos discos que le hicieron famoso, este sería sin duda el mejor de todos...
Herminio comenzaba así su particular requiem que casualmente arrancaba con aquellos curiosos acordes, si hombre, aquellos tan famosos... "la, la, la, la, la, la..."
