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La Coctelera

Miguel Ángel Lizaranzu

RELATOS Y POESÍA - - Mantenimiento y actualizaciones: AGUSTÍN LÓPEZ

8 Agosto 2006

CUENTO 11 - La última cena, de Lorenzo de Medicci

20 de enero de 2003, Sevilla

-Cojonudo, ese me ha puesto nostálgico...
- Ya... prepárate para uno igual de idiota...
-Estoy preparado, arranca.

-

Como poeta era una mierda, y como escritor peor aún.
Pero Lorenzo de Medicci lo había acogido bajo su mecenazgo y en estos casos ya se sabe...
"El Renacimiento" no era una época muy diferente a la nuestra, de hecho, el ser humano no había avanzado mucho desde que pintó a su primera "mona" en una cueva allá por el Neolítico o el Paleolítico...
El caso es que el tipo estaba de moda, todo el mundo que sabía leer lo leía, los bardos cantaban su poesía y el pueblo llano disfrutaba oyendo aquellos cuentos horrorosos que gustaban porque tenían que gustar...
Umberto Lapringa, así se llamaba el bastardo, el apuesto poeta que conquistó el corazón de los Mediccis, la última adquisición de la casa.
La alta sociedad de la época babeában porque Umberto asistiera a sus fiestas, el clero, la aristocracia, hasta el puto rey. Aunque Lorenzo se guardaba de que aquel sabroso culo fuera sólo suyo...
Una vez, en un banquete en la casa del Papa, Umberto recitó algunos de sus últimos poemas, cuando acabó con el recital, "el pabellón se quería venir abajo", los invitados aplaudieron, Lapringa fue vitoreado, todo se celebró con buen vino y con hermosos faisanes...
Aquello era infumable. Mierda sin sustancia. No se lo creía ni él.
Lorenzo de Medicci enseñó orgulloso a su artista, luego se fueron a casa a follar un rato.
Umberto disfrutaba del chollo que le había caído en gracia, solamente tenía que escribir unas cuantas gilipolleces al día y después a vivir como Dios. Eran tiempos felices.
En una ocasión, Lorenzo celebró una fiesta para pocos invitados en su palacio, quería celebrar el triunfo del poeta fuera de Italia, su lírica mierdosa había conquistado el corazón de los franceses y de los españoles y habían empezado a ganar mucho dinero, sobre todo Lorenzo...
A la fiesta solo acudieron invitados especiales, Rafael y Michelanchelo estaban allí, Leonardo no pudo asistir, porque se encontraba en pleno proceso creativo de una "madonna", había hecho no se qué experimento con los colores y el cuadro le había desaparecido una vez terminado al muy imbécil, tenía que empezar de nuevo. Donatello... bueno, nadie sabía dónde estaba Donatello.
Lo importante era que casi todas "las tortugas ninja mutantes adolescentes" estaban allí.
Lorenzo se encargó de que todos saciaran su sed con vino abundante y cerveza, todos se estaban poniendo "a caldo", la bebida gratis sabe mejor y poco a poco los buenos modales se iban al garete...
-Cantate algo, poeta- le dijo Michellangelo casi borracho y con cinísmo a Umberto.
-Sí, deleitanos, Umberto- le animó Lorenzo de Medicci.
-...O castiganos los oídos, según se mire...-comentó entre risas Rafael a Michelangello.
Umberto oyó el comentario y le sentó mal, pero por respeto o porque aún no había bebido lo suficiente, recitó el poema sin discutir con ninguno de los dos.
Cuando acabó, el pitorreo fue un descaro, Rafael y Michelangello, espurreaban sus risas por lo bajini.
Los dos artistas chocaron sus copas y bebieron.
-Al parecer mis poemas no son del agrado de los invitados...-dijo sarcástico Umberto.
-¡Coño!, ¡pero si sabe hablar también!- contestó Michelangelo y Rafael rió la gracia. Lorenzo callaba y se limitaba a observar la conversación, con las manos unidas a la altura de la boca, ocultando una leve sonrisilla.
- Soy el mejor poeta de mi tiempo, le pese a quien le pese...- dijo Umberto.
-Ya, y Petrarca y Dante escriben con la punta del pijo...- continuó Rafael y las carcajadas inundaron la estancia.
- ¡Vuestro comportamiento ofende a mis sentidos de artista.!..
-Oye, Rafael, ¡vayamos a hacer una escultura de mierda con los versos de este artista!- y rieron y rieron y brindaron de nuevo.
- Don Lorenzo de Medicci, le ruego que me disculpe si me pongo a la altura de estos patanes, pero tengo que defender mi honor- se justificó Umberto ante su mecenas... -¿Qué se puede esperar de un afeminado al que le gustan los pitos pequeños?- dijo atacando directamente a Miguel ¦ngel.
-¿Cómo te atreves, insolente escritorzuelo, artista del tres al cuarto?- Miguel ¦ngel estaba realmente enfadado, y a Rafael le sorprendió aquel ataque por parte de Umberto.
-Eres una maricona, todo el mundo lo sabe, esas pobres mujeres que pintas y que esculpes, todas cuadradas con esas tetas pequeñas y caídas...
-¡¡ESE ES MI TOQUE PERSONAL DE ARTISTA!!
- Sí, ya, y todos esos tipos desnudos, perfectos, sensuales con esos pitos pequeños y esas manazas...
-¡¡TE MATARÉ ESPECIE DE PIOJO CON PLUMA!!- Michelangello se avalanzó sobre el cuello de Umberto y Rafael se apresuró a separarlos.
Umberto golpeó en la cara al autor del David, Rafael recibió un gancho de derecha, luego ambos abofetearon la cara de Umberto... el Medicci hizo sonar una pequeña campanilla que tenía encima de la mesa y puso orden.
-Señores, por favor... si no saben mear el vino no lo beban...- sonreía, y los artistas regresaron a sus asientos.
-¡Ha empezado él! -gritó Miguel ¦ngel.
-¡Mentira, fueron ellos!- repuso Umberto.
-¡El mentiroso lo serás tú!- aulló Rafael.
-¡No, vosotros!
-¡Tú, tú, tú y nadie más que tú!
-¡No, no, no y no!
aquello parecía un parvulario mas que una velada de artistas renacentistas. Umberto continuó desde su sillón:
-¡Y puestos a ser sinceros, el señor Rafael también es una maricona!
-¡No me tires de la lengua, miserable! ¡todos sabemos porque eres ahora el fávorito de Medicci!- se defendió Rafael.
-¡Pues dilo, valiente!
-¡Porque eres una mamona asquerosa y la chupas de maravilla!- arremetió Rafael.
-Mejor dejamos ese tema que nos va a llover mierda encima a todos...- aflojó Michelangello.
En ese preciso momento aparecieron por la puerta Donatello llevando en brazos a Leonardo ambos totalmente ebrios.
-¡Una fiesta en la casa de los Medicci sin Leonardo ni Donatello no es una fiesta!- gritó sonrinte da Vinci.
Lorenzo los invitó a unirse a la fiesta, tropezaron con la mesa y cayeron de boca al suelo, todos rieron, Leonardo volvió hacia la puerta y sacó un cuadro.
-¡Mirad mi última obra! ¡acabo de mandar a la "madonna" a tomar por el culo! se esfuma la muy cabrona cada vez que la pinto, así que ¡ahí queda eso!- Leonardo mostró a los presentes el cuadro de la Gioconda.
-Señor... ¿no es la mujer más fea que hayais visto nunca?- dijo Donatello riendo.
-¿Y quién te dice que es una mujer, subnormal?- gritó Leonardo...
-¿Cómo lo vas a llamar?- preguntó el Medicci.
-Aún no lo sé, pero me gusta "Rostro recién afeitado"...
-Eso no vende, Leonardo... tendrás que pensar otro título...- dijo Lorenzo.
-Así lo haré y ahora... ¡vayamos a comer y a beber como cerdos!- y eso hicieron.
"Maricones..."pensó Umberto cuando vió a los cuatro amiguetes bebiendo juntos, Lorenzo de Medicci le acarició la oreja a Lapringa, y este agachó la cabeza con resignación, y el Medicci, pensó, que la mejor de las obras, era la que él había creado con ellos, al menos la más divertida y se frotó los huevos pensando en el polvete que le pegaría aquella misma noche al poeta más grande del momento.

-

-Estamos graciosos, viejo...
-Estamos graciosos, joven...
Me reí mucho con el último cuento del Tiempo, pero más me reí aún con el que me contó a continuación.

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Agustín

Agustín dijo

"Rostro recién afeitado", bonito nombre.

Es fácil imaginarse esa escena en la que Rafael y Miguel Ángel se rien de Umberto, está conseguido y es muy gracioso.

9 Agosto 2006 | 01:32 PM

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Miguel Ángel Lizaranzu

Lucena, España
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Liza y el escuadrón de 1ºC (por Mori) La cafetería era roja, de madera, con luces cálidas envolviéndolo todo, sonaba una canción en la caja de música, "La carta" de los Enemigos, los clientes sorbían café, las dos camareras charlaban sobre algo sin importancia, hacía una tarde rara y el cielo anaranjado comenzaba a bostezar. En realidad todos estaban comenzando a bostezar, el día lo exigía a gritos.

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