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La Coctelera

Miguel Ángel Lizaranzu

RELATOS Y POESÍA - - Mantenimiento y actualizaciones: AGUSTÍN LÓPEZ

8 Agosto 2006

CUENTO 14 - Funambulistas sin red en el Circo del Sol

30 de enero de 2003, Sevilla

-Se me acaba de abrir el apetito...
-Puedes comerme la pollas si quieres, chico...
-Cuando como me gusta comer bien, nada de pequeños aperitivos... ¡chúpate esa!
-No creas que no lo he intentado... tendré que operarme las costillas como Marilyn Manson...
Reímos.
Estaba ya amaneciendo. Menuda noche...
-Tienes una extraña predilección por los culos, ¿eres maricón o algo así?
-¿Y qué si lo fuera?
-Nada, nada, me parece muy bien...
-Aquí la única maricona loca que hay eres tú.
-Totalmente de acuerdo.
-Voy a contar una última historia...
-De acuerdo pero cambia un poco la estética que esto empieza a parecer "el circo ambulante de los Monty Python_s"...
-De eso se trataba, de que fuera así.
-Lo sé, lo sé...
-Entonces cierra tu jodida boca.
La cerré. El Tiempo comenzó con el último relato.

-

No recuerdo muy bien como empezó todo, la memoria suele tener forma de fotograma, de flash abandonado.
A veces, hacemos cosas que nos remueven las tripas, sin embargo, cuando se superan al cuarto de hora, nos anotamos tres puntos más en nuestra libreta de idioteces.
Yo había estado haciendo la puñeta a todo el mundo no hacía mucho.
Pasaba borracho la mayor parte del tiempo, metido en una burbujita de maravilloso dolor.
No apetecía salir de ella, se estaba bien allí revolcándose uno con la propia mierda, feliz dentro de aquel útero calentito y viscoso de autodestrucción. La excusa por la que estaba ahí justamente, era lo de menos, una mujer, un amigo... daba igual, porque ese sentimiento ya existía dentro de mí desde hacía mucho tiempo y sólo necesitaba un pequeño empujoncito para que asomara la cabeza.
Cuando la vida y todo lo demás importa un carajo, se suele hacer mucho el payaso, yo estaba precisamente en "el circo del sol" en aquel momento.
Me acababan de echar de un bar por romper unas copas y buscar pelea, de nuevo en la calle, tambaleándome contra la pared, insultando a los transeúntes y re-buscando en los bolsillos para ver si quedaba dinero para otra copa. No había nada que rascar. Continué deambulando, sin saber bien hacia donde iba. Cuando llegué a las afueras de la ciudad, decidí seguir caminando.
Era ya muy de noche y lo poquito que se veía era gracias a la luna llena. Caminaba, me caía, me levantaba y volvía a caminar, así hasta llegar a una antiguo puente de ferrocarril abandonado.
Debajo de este se suponía que pasaba un riachuelo, pero estaba a demasiada altura para oír el rumor del agua que debía marchar hacia alguna parte.
Pensé que ese era un buen momento y un buen lugar para acabar con todo.
Sentí una lástima horrorosa por mí y me eché a llorar.
"Voy a fumarme un cigarrillo y después salto... tardarán varios días en encontrar el cadáver... van a tener que currárselo esos cabrones, tendrán que llamar a una grua y todo... ¡qué se jodan!". Sonreí y me encendí el cigarro. Me puse a dar vueltas por la vieja vía oxidada, había grandes huecos entre travesaño y travesaño. Salté repetidas veces sobre uno de ellos. En uno de los saltos caí hacia abajo. Asustado y justo a tiempo, me agarré como pude a dos barras de hierro mohoso, la mitad del cuerpo estaba suspendido en el aire, el cigarrillo me quemó la cara, cayó hacia el vacío.
"¡Mierda!, ¡ésto va a ser tan fácil! ¡no quiero morir! ¡no quiero morir! ¡no quiero morir!". Estaba ahí, lo tenía justo delante, abrir un poco las manos y todo se iría a la mierda. Pero ya no quería morir, había quedado claro. Las manos me sangraban, me las estaba destrozando, pero yo no soltaría aquellos hierros ni por todo el oro del mundo. Entonces oí el rumor del riachuelo, vi el agua negra al fondo, mi cuerpo se balanceó y me agarré con las piernas a una columna de hierro que hacía de soporte. Parecía un koala medio maricón aprendiendo a hacer filigranas. La ropa estaba desgarrada, me arrastré hacia arriba como pude y me tumbé en la hierba.
Di gracias a todos los extraños mecanismos de autodefensa que gobiernan el cuerpo, la borrachera había desaparecido, me incorporé y encendí otro cigarro. Un último vistazo al precipicio y me marché por donde había venido.

-

-¿Qué has querido decir con este último?
-A veces pareces un poco tonto, chaval...
-Puede ser...
-Es hora de que me marche. Descansa. Hoy puede ser un buen día, mañana quizás ya no.
Serían alrededor de las nueve de la mañana, El Tiempo se incorporó y fue hasta el servicio para echar una meada.
Yo recogí un poco la mesa, las copas y las botellas.
Después no recuerdo más, sólo sé que me quede dormido.
Cuando desperté El Tiempo ya no estaba, se había marchado y yo había quedado tirado en el sofá.
Miré el reloj y marcaba las dos y media de la tarde, aún tenía sueño. Me duché.
"De acuerdo, El Tiempo ya no está en mi mente, El Tiempo se ha marchado y no sé si lo volveré a ver algún día..."
Pero no estaba triste, El Tiempo me había dejado de recuerdo una bonita noche en la memoria. Sonreí.

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Miguel Ángel Lizaranzu

Lucena, España
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Liza y el escuadrón de 1ºC (por Mori) La cafetería era roja, de madera, con luces cálidas envolviéndolo todo, sonaba una canción en la caja de música, "La carta" de los Enemigos, los clientes sorbían café, las dos camareras charlaban sobre algo sin importancia, hacía una tarde rara y el cielo anaranjado comenzaba a bostezar. En realidad todos estaban comenzando a bostezar, el día lo exigía a gritos.

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