CUENTO 2 - Little Lizard y las crónicas del Rony Ricky Rialto
En el bar "Rony Ricky Rialto" siempre sucedían cosas, algunas buenas y otras malas, la mayoría historias sin importancia, las historias que a mi me gustan...
José Esteban era el camarero y dueño del lugar, sus dominios abarcaban una barra espaciosa y una sala con capacidad para sesenta personas, buena música, buena bebida, y el humo de mil cigarros consumiéndose a la vez cada cuarto de hora los fines de semana.
Pequeño Lagarto era uno de los clientes del garito, un hombrecillo como cualquier otro, pero el conocía desde pequeño a José Esteban y le dejaba fiadas las copas, el problema venía cuando tenía que pagar, a veces debía mucho dinero y cuando por fin lo pagaba todo, volvía a dejar fiado, era la eterna pesadilla que se mordía la cola, pero José Esteban nunca le decía nada, en parte porque le conocía y le apreciaba, y en parte porque sabía que pagaría y volvería para seguir bebiendo.
Pequeño Lagarto no trabajaba, no hacía nada, solo bebía y dejaba fiado, ni siquiera él sabía de donde sacaba el dinero para pagar, pero de algún modo o de otro siempre lo conseguía.
Escribía poesía, pero no publicaba en ningún sitio, le gustaba inventarse personalidades, podía ser un miserable pequeñajo o un príncipe azul, dependía del día y de la cantidad de alcohol que ingiriera, "¿quién quiere seguir siendo el mismo idiota un momento tras otro?", pensaba, él fingía y embrutecía lo que otros sólo soñaban, o eso le gustaba imaginar.
Había niñas bonitas y niñas feas, gente que buscaba emociones fuertes, les gustaba pagar por ello, pero Lagarto creía firmemente que lo que de verdad necesitaban era sentir a la muerte de cerca, una buena pistola cargada y apretada contra las sienes, "un hostión con la moto, así se les quitarían todas las gilipolleces, el tedio, la resaca, las ganas de seguir en ruta"...
La música en el Rony solía ser buena por lo general, los acordes y las notas convertían en peleles a los clientes, todo el mundo escuchaba lo que andaba buscando, hasta los más pesados y penosos acababan moviendo el culo.
La calefacción caldeaba demasiado en invierno y el aire acondicionado dejaba espacios demasiado abiertos para aquellos que se caldeaban en verano.
Pequeño Lagarto le decía a Juan Esteban cuando se quedaban solos que primero había que leer para ser héroes después, "por supuesto esto nunca ocurrirá".
Una noche apareció alguién en el bar, no era conocido, pidió una copa y se quedó mirando fijamente a Pequeño Lagarto, "¿qué miras, idiota?, ¿tengo cara de ojete?", preguntó Lagarto, "Todos tenéis cara de ojete", dijo el forastero, y era verdad que todos tenían cara de ojete.
En el "Rony Ricky Rialto", las anécdotas suspiraban por ser vividas, formaban parte del aire, Pequeño Lagarto fue a mear al servicio, había unas monedas en interior del vater, se echó a reir y pidió un deseo.
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-Es realmente bueno, pero me parece que no lo has desarrollado mucho, ¿no crees?- le sugerí
-Empezabas a caerme bien, amigo, no la jodas ahora...- me dijo El Tiempo.
El Tiempo también me caía bien, abrí un par de latas de cerveza, una para El Tiempo y otra para mí, puse música en el equipo, el "Rapsody in blue" de Gershwin, mucho mejor todo...
Encendimos unos cigarros, fumamos y bebimos.
-Ese Pequeño Lagarto, tenía clase, sabía como hacérselo, ¿dónde queda ese Rony Ricky Rialto? - le pregunté.
-Todas las ciudades tienen un lugar parecido, tú y yo estamos ahora mismo en el Rony, se está bien aquí...
Dimos unos tragos largos a las cervezas y El Tiempo se preparó para contarme otra historia.

Agustín dijo
Empieza bien... la historia engancha.
Y era verdad que todos tenían cara de ojete.
9 Agosto 2006 | 12:45 PM