Cuando Lorenzo y Blas salieron a la calle no sabían que hacer con la mercancía.
-Veamos, tenemos una bolsa llena de "supositorios del tercer reich", ¿qué vamos a hacer con toda esta mierda? - acababan de asaltar el laboratorio del profesor Von Streinberg, un alemán chiflado que aseguraba haber inventado unos supositorios que al introducirse por el culo convertían a las personas en Adolfos Hitlers pequeñitos, el efecto duraba unas diez horas, tiempo suficiente, según él, para tomar Polonia y empezar la conquista del mundo.
Había que tomarlos tres veces al día, y si se seguía el tratamiento hasta el final, los alemanes volverían a tomar el poder y reinarían con mano dura en el universo conocido.
Los "supositorios del tercer reich" iban a formar el mayor ejercito de la historia...
El profesor Von Streinberg era un viejo nazi nostálgico de ciento dos años que en el pasado trabajó en Austwich en los planes de "reeducación" a los judíos, "la solución final", que le gustaba llamarla a ellos... añoraba los viejos tiempos y no veía otra forma de volver a ellos que a través de los supositorios...
Lorenzo y Blas eran dos camellos yonkis de poca monta que traficaban con todo tipo de mierda cortada y que de vez en cuando daban palos a las farmacias para vender los productos robados, pero se equivocaron con el laboratorio del profesor, allí solo había supositorios, y además aún no habían sido puestos a la venta, el gobierno y su democracia habían prohibido cualquier tipo de distribución de los supositorios, ellos eran el tercer reich ahora y no querían que nadie les quitara el chollo.
-Blas, ¿y si realmente funcionan?, quiero decir, ¿y si de verdad te convierten en Adolfo Hitler durante unas horas?, ¡podríamos venderlos como un nuevo tipo de alucinógeno! ¡cómo los supositorios de opio!- le propuso Lorenzo.
-No digas estupideces, esta bazofia no querría comprarla nadie, ¿quién se iba a tragar toda esa sarta de gilipolleces?... Adolfos Hitlers pequeñitos..., ¡bah!, lo mejor que hacemos es tirarlos a la alcantarilla...
-Espera, yo quiero probar uno...
-¿Estas chalado o qué, tío?
-No quiero tirarlos a la alcantarilla, quiero probar uno, déjame... - Lorenzo, le cogió la bolsa con la mercancía, cogió uno de los supositorios. Se ocultaron en un callejón oscuro y Lorenzo se bajó los pantalones y los calzoncillos de cara a la pared.
-Vamos, introdúceme uno...
-¡Qué te lo introduzca tu madre, cabrón!, ¡no pienso meterte el dedo en el culo!
-¡Sólo tienes que apretarlo, no tienes porqué meterme ningún dedo en el culo si no quieres!
-¡Estás chalado, tío! ¡eres peor que ese jodido alemán!
-¡Haz el favor de meterme el supositorio en el maldito culo!- Blas obedeció, empezó a empujarlo con tal ímpetu que le metió dos dedos en el culo
-¡Aaaah!- suspiró Lorenzo
-¡Mierda, lo sabía!
-No te preocupes... lo has hecho muy bien...
-¡Qué te jodan, maricón!
Blas se sintió ofendido, Lorenzo lo miró con desprecio, sacó un cigarrillo de su cazadora y lo encendió, durante unos minutos ninguno de los dos dijo nada.
-¿Qué es lo que sientes?- preguntó Lorenzo.
-Nada... por ahora...
-¿Ves?, ya te dije que era una estafa, y encima me huelen los dos dedos a culo, mierda...
De repente, Blas vomitó en el suelo, empezó a convulsionarse, su cuerpo se contraía y se estiraba de un modo horroroso, su cara se llenó de unas muecas horribles de dolor, Lorenzo se asustó, el cigarrillo se le cayó de los labios al suelo, quedó paralizado en el sitio sin poder hacer nada, entonces, Blas comenzó a encoger, su cuerpo se reducía a un ritmo de vértigo, el color de su pelo se tiñó de negro, un ridículo bigotito a lo Charles Chaplin apareció sobre sus labios y el flequillo se le peinó hacia la derecha, cuando alcanzó los sesenta centímetros empezó a chapurrear alemán, Lorenzo no comprendía nada, pero allí, delante de sus narices, había un pequeño Adolfo Hitler desnudo dando un discurso a grandes voces en un alemán perfecto.
-¡Blas, tío!, ¿qué cojones te ha pasado?, ¡mierda, esto no puede estar pasando!, ¡es un sueño!, ¡sólo es un jodido sueño!
Adolfito le hizo gestos para que se le acercara, Lorenzo se inclinó y el pequeño Hitler le soltó tal hostión en los sopapos que lo tumbó en el suelo dejándole inconsciente, luego se agachó y se metió en la bolsa de supositorios, agarró uno con las dos manos, le bajó el pantalón y el calzoncillo a Lorenzo y le metió del tirón, por el culo y todo para dentro el pequeño artefacto, luego se escupió en el puño y también se lo introdujo, Lorenzo suspiró entre sueños.
Al rato, el cuerpo de Lorenzo comenzó a sufrir los mismos efectos de su amigo, su cuerpo se redujo, pero no se convirtió en otro Adolfo, no, ¡su cara adquirió los rasgos del ministro de propaganda del régimen nazi Gooebels!, al instante, se incorporó firme y seguro de sí mismo, se miraron y se abrazaron, comenzaron a gritar en alemán grandes frases del pasado a la vez que cantaban "Lili Marlene" y levantaban sus brazos hacia arriba, acompañaban a sus discursos con sonoros "¡HEIL!", "¡HEIL!", ¡HEIL!"...
Dos enanitos desnudos dispuestos a comerse el mundo salieron del callejón oscuro y llegaron a la avenida principal.
No sé que pasó después, supongo que al final acabaron conquistando Polonia.

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-No me jodas que a ti también te pasó algo parecido... - dijo El Tiempo.
-No, pero tengo un amigo al que... -los ojos del Tiempo se abrieron como no dando crédito a lo que iba a escuchar- ¡es broma, hombre!...
Seguimos bebiendo un rato más.
-Vamos a cogernos un buen pedo, amigo Tiempo...
-Habla por tí, pequeñín... yo soy un peso pesado... -pero también se le estaba subiendo...
Hablamos entonces del pasado, en todas las épocas había gente jodida, el mundo se movía a cuenta de su dolor, eso ya había quedado claro, y a ninguno de los dos nos importaban un carajo los problemas de los grandes personajes, ni de ahora ni de antes, la historia que me contó a continuación me dejó clavado en el sillón, trataba de un tipo que...