CUENTO 8 - Pimporrete y sus muchachos se van de excursión a la vagina de Superwoman
Al Toni, la frase es suya
Esta es un historia dura, dura y sangrienta como lo son todas las historias de guerra...
La batalla había sido larga y estúpida.
Dos de los chicos de la compañía del sargento Pimporrete se habían matado entre ellos por error.
La compañía trescientos veintinueve de zapadores era un desastre, la mayoría de los muchachos eran novatos y el sargento andaba un poco hasta los cojones de todos ellos.
"Menuda panda de subnormales", solía pensar a menudo, "¿porqué tiene que pasarme esto a mí, Señor?"...
Llovía mucho cuando llegaron a la base, metieron a los dos cadáveres en plástico para repatriarlos cuanto antes, el capitán pidió responsabilidades al sargento Pimporrete, este sólo le pudo contar la verdad.
-Señor, esos malditos monos nos atacaron por sorpresa, los soldados Villaespesa y Sánchez se pusieron nerviosos y empezaron a darle al gatillo sin mirar hacia donde disparaban, fue una suerte que sólo murieran ellos dos, señor, murieron como auténticos imbéciles, señor, no existen los héroes en mi batallón.
Esto no es un parvulario, aquí no se viene a jugar, y toda esa panda de... -se contuvo como pudo- ...muchahcos, parece que ni siquiera hayan pasado la instrucción, señor.
-Quiero un informe por escrito para mañana Pimporrete, ¡todos se le mueren a usted, joder!... puede marcharse, sargento.
"Mierda de guerra y mierda de soldados, estos cabrones acabarán jodiendome la carrera..." pensaba mientras caminaba bajo la lluvia.
Aquella noche el sargento Pimporrete no durmió muy bien, el monzón del verano regaba a la jungla sin piedad y la lluvia hacía ruido contra el techo de uralita del barracón de los oficiales.
El destino que tenían al día siguiente no arreglaba mucho las cosas, desactivar minas en una zona muy peligrosa del bando enemigo, Pimporrete se cagó en Dios.
Al medio día estaban en el objetivo.
Los muchachos estaban muy nerviosos.
-Muy bien, quiero que Cruz y Gandía se arrastren unos cuantos metros y que comprueben como está el terreno.- dijo el sargento.
Los soldados no se presentaban.
-¿Se puede saber dónde cojones están Cruz y Gandía?- los dos aparecieron de detras de unos matorrales.
-Señor, creemos que eso puede ser extremadamente peligroso...- dijo Cruz.
-Podríamos morir por mucho cuidado que tengamos... -añadió Gandía.
-¡Pero...! ¡me importa un cojón vuestra opinión!, ¡esto es una maldita orden!¡arrastraos y moved los culos!
-Nos negamos en redondo, señor, ya lo hemos hablado con toda la tropa y nadie va a obedecer sus ordenes, consideramos esta misión un suicidio, por lo tanto hemos decidido que preferimos someternos a un consejo de guerra antes que morir hechos pedacitos, señor.- hablaba Cruz. Pimporrete no podía dar crédito a lo que oía...
-¡Pero...!¡esto es insubordinación! ¡qué clase de maricones estais hechos! ¡sois soldados, cojones!
¡no se viene a la guerra a coger margaritas, hijos de puta!- los soldados permanecían en sus trece y allí nadie movía un dedo.
-¡Mecago en la puta! ¡acabareis todos fusilados contra un paredón, niñatos de mierda!
-Es más rápido y menos doloroso, señor, aquí nadie está dispuesto a morir por nada, ni banderas, ni patrias y muchísimo menos por usted, que es un grosero y además huele mal, señor.- continuó Gandía y el resto de la tropa apoyó la moción con comentarios por lo bajo y asentando con las cabezas.
-¡Hijos de puta! ¿porqué tiene que pasarme esto a mí, Dios mío! ¡jodido maricón misericordioso, dime que esto no está pasando, joder!- clamaba al cielo Pimporrete, pero sus muchachos no movían un dedo.
El sargento agarró su fusil y se fue arrastrándose maldiciendo y cagándose en todo hacia la posición que había señalado a Curz y Gandía, a los diez metros su codo rozó un cable y su cuerpo entero estalló por los aires, la lluvia seguía cayendo sobre los restos humeantes, cuando Cruz fue a recoger lo que quedaba de Pimporrete, aún respiraba, un tronco sin piernas ni brazos y con la masa intestinal calcinada desparramada por la hierba.
-Se lo advertí, sargento, ya le dijimos que esto era muy peligroso...-le dijo Cruz.
-Jodida...jodida mamona...-balbuceó Pimporrete y expiró.
Cruz regresó con el resto de los muchachos que se sentaron bajo un gran árbol, encendieron unos pitillos y sacaron una vieja baraja de cartas para jugar unas partidas al "mus".

Agustín dijo
Cuento educativo donde los haya. Es otro de mis favoritos.
9 Agosto 2006 | 01:11 PM