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La Coctelera

Miguel Ángel Lizaranzu

RELATOS Y POESÍA - - Mantenimiento y actualizaciones: AGUSTÍN LÓPEZ

17 Agosto 2006

La fosa estrecha de Juan Simón - 4. Gran Gordo

LA FOSA ESTRECHA DE JUAN SIMÓN

Capítulo 4 - Gran Gordo

Llegamos a la ciudad y aparcamos en la zona del puerto, le di cincuenta céntimos a un aparcacoches y Gran Gordo lo amenazó como hacía siempre.
Gran Gordo era el mayor, el más loco, el más hijoputa.
Pero eso no había sido siempre así.
Su padre tenía nombre de desconocido y su madre se lo había dejado como regalo a la abuela por considerar que no era lo suficientemente madura para criar a la criatura, ella terminó sus días de puta en la gran ciudad, y la abuela, que regaba geranios invisibles a la entrada de su casa, entre chocheo y amor mal entendido lo criaba como podía.
De pequeño, Gran Gordo había sido lo que se suele llamar un niño sensible, jugaba con los saltamontes y las mariposas. Le encantaba cuidar de todo tipo de bichos. Aún siendo un año mayor que yo, fueron muchas las veces que tuve que salvarle el culo de los otros niños. Le llamaban gordo mariquita y otras lindezas por el estilo. Apenas lo encontraban sólo, le daban su buena mano de hostias. Fue consciente de las reglas del juego desde muy pequeño. Los otros niños solían ser bastante crueles con él, como bien marca la naturaleza.
Padecía una obesidad considerable, con el paso de los años fue perdiendo poco a poco los kilos y a pesar de que ahora estaba delgado como papel de fumar, el mote de Gran Gordo se le quedó para siempre.
A todos sus amigos nos daba un poco de rabia, no entendíamos por qué aquel mamón se pasaba el día rodeado de animales asquerosos, pero él parecía ser feliz de esa manera.

Un buen día, Gran Gordo conoció el fuego, desde aquel día le prendía fuego a todo. A los bichitos, a sus brazos, al césped... su propia casa ardió, y Gran Gordo fue de cabeza al correccional "Don Augusto Caray", desde los once años hasta los dieciséis. Aquel era un centro especializado en mentes inquietas y peligrosas para la sociedad. Pasado este tiempo, lo dejaron de nuevo con su abuela y sus geranios invisibles.
Nunca nos contó lo que le pasó en el correccional, pero Gran Gordo se convirtió en una especie de Humphrey Bogart, y nunca más dejó que nadie le pisoteará el culo, de hecho, a partir de entonces, él siempre golpeaba primero y preguntaba después.
Era el pirómano de las pocas palabras, ¡candela con todo!, se dejaba querer el hijoputa de Gran Gordo... cuando se enfadaba se quemaba el vello de los brazos con un Zippo de plata que tenía grabado su mote en uno de los laterales.
Resultó ser un manitas, y en su estancia en el "Don Augusto" le enseñaron todo lo relacionado con la reparación de motores y turbinas.

Trabajaba en un taller de reparación de coches, todos los trucos posibles los conocía Gran Gordo, mi coche era su mejor trabajo, Mad Max nunca lo hubiera soñado.
Ibámos caminando por la calle con pasos delgados y lentos, fumábamos cigarrillos.
El humo quedaba a nuestras espaldas, el bulevar estaba atestado de gente, quizás demasiada.

El mundo se había puesto de acuerdo para buscar emociones en la zona del puerto aquella noche.
Teníamos dinero, recién cobrados, y estábamos dispuestos a fulminarlo, si no todo, sí gran parte de él. ¿Y por qué no?, la juventud pronto se iría y aún teníamos demasiadas ganas de seguir la adolescencia hasta donde el cuerpo y el cerebro nos permitieran.
Unos adolescentes demacrados de treinta, veintisiete, veintiocho y veintinueve años. Nos conocíamos desde la infancia y aún no sabíamos quienes éramos; fingíamos lo contrario. Nos abrazábamos desesperadamente a los lazos invisibles de la amistad.

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1. Extraño prefacio
2. La ruleta rusa
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Liza y el escuadrón de 1ºC (por Mori) La cafetería era roja, de madera, con luces cálidas envolviéndolo todo, sonaba una canción en la caja de música, "La carta" de los Enemigos, los clientes sorbían café, las dos camareras charlaban sobre algo sin importancia, hacía una tarde rara y el cielo anaranjado comenzaba a bostezar. En realidad todos estaban comenzando a bostezar, el día lo exigía a gritos.

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