La fosa estrecha de Juan Simón - 5. La Iguana, nuevas sensaciones
LA FOSA ESTRECHA DE JUAN SIMÓN
Capítulo 5 - La Iguana, nuevas sensaciones
La primera parada tenía nombre y apellidos, o motes, Dióscolo, La Iguana, o "el cocinero, su mujer, el ladrón y su amante", también del viejo barrio, pero de una generación mayor a la nuestra.
Traficaba con las drogas, con todo tipo de mierdas raras y caras.

Era delgado y fibroso, como Iggy Pop, de ahí lo de La Iguana, vestía como un dandy, recordaba a las antiguas fotografías de Oscar Wilde con su amante Basyl, tenía clase, a nadie dejaba indiferente.
Siempre andaba trapicheando con algo, había construido en casa su propio laboratorio y continuamente experimentaba, mezclaba y fusionaba drogas, sintéticas y naturales, las probaba él mismo, él hacía de conejillo de indias, y más de una vez acabó en el hospital totalmente intoxicado, de ahí lo de "el cocinero", lo de "su mujer, el ladrón y su amante" se lo había añadido Félix, por una película que había visto una vez y que, al parecer, le había gustado mucho, decía que se había levantado a aplaudir al final de la misma y todo, imagínate al gilipollas en el cine aplaudiendo a los títulos de crédito...
La oficina de La Iguana era la esquina de la calle Santa Cruz, muy cerca de los muelles y bien adentrada en el bulevar principal, aquella esquina hacía las veces de recibidor, se paseaba por ella como si fuera una puta de lujo...
Estaba rascando con la uña el cemento sobrante de uno de los ladrillos que terminaban en esquina. La Iguana, decía que así cuidaba sus uñas, que las limas y las manicuras eran cosas de proletarios...
- Hola.
- Hola - dijimos.
- Esta noche es la noche, amores...
- ¿Qué tienes? - preguntó Gran Gordo.
- Algo nuevo, algo que os hará volar al país de Nunca Jamás...
La iguana sacó una especie de terroncitos de azúcar diminutos, envueltos en un pañuelo de seda rojo.
- ¿Qué cojones es eso?
- Esto es una fusión química de adormideras, thc y algún que otro ingrediente secreto que aprendí de mis maestros los druidas... esta es la poción mágica de los galos, no os diré más.
A La Iguana le gustaba rodearse de misterio, lo adornaba todo con su glamour azulado, si no lo conocías bien, con esas referencias de charlatán de feria, nadie hubiera apostado un céntimo por la presentación que te hacía de sus drogas, pero si le conocías, por regla general siempre te pasaba material de primera.
- Se introduce en el lacrimal del ojo y se espera a que se deshaga con las lágrimas, no dura mucho el efecto, pero los segundos que viváis con esto os parecerán la jodida eternidad, sin resaca, sin dolores de cabeza, sin malos alientos, nadie en el mundo lo ha saboreado aún, a excepción del tito Iguana, fliparéis toda la mierda vosotros solitos, garantizado, y si no, os devuelvo el dinero, me la corto y os la regalo pinchada en un escapulario.

- ¿Cuánto?
- Aquí tengo cuatro terrones - en realidad habían seis terrones - este par, me lo guardo aparte para mí ... ciento veinte euros, y salgo perdiendo... aprovechad las rebajas, que si esto funciona no volveréis a pillarlo a este precio en vuestra puta vida.
Aflojamos la mosca, nos dio los terrones en el interior de una cajita de anillos de pedida. Un bonito estuche...
La Iguana contó el dinero. Todo de acuerdo. El consejo final:
- Evitad el humo, no fuméis más de lo necesario, no es bueno que os irritéis las pupilas demasiado, cuando los vayáis a tomar, hacedlo al aire libre, buen provecho, amores.
Llamaba "amores" a todos los conocidos del viejo barrio, a los guiris y a los pringaos no les llamaba nada, se limitaba a desplumarlos y a venderles cualquier cosa que se pareciera a las drogas como la mierda de gato o el orégano, por poner un ejemplo rápido...
- ¿Y Mizifú?, no va con vosotros esta noche - preguntó.
- No, no va - le respondió Gran Gordo.
Mizifú acababa de morir, y era el más joven de los cinco.
Era el más influenciable, una veleta de tío. Pero nunca lo decía en alto, simplemente cambiaba según las circunstancias, cuando Félix empezó a hablarnos de literatura, él tenía que leerse sin más demora aquellos libros que se suponían tan fantásticos, pero si cualquier otro hubiese llegado por aquel momento y le hubiese dicho que Bukowski era una mierda, posiblemente Mizifú se hubiera pasado a su bando por considerar la opinión más novedosa o revolucionaria.
No lo hacía por llevar la contraria, que hubiera sido hermoso, sino porque su alma era la de un camaleón, y no podía evitar mutar con cada soplido que daba el viento.
Era hermoso, un ser andrógino, tenía una cara preciosa, una belleza egipcia, y si no le conocías bien nunca podías distinguir si era un hombre o una mujer, su voz era misteriosa, nunca la levantaba por encima de su tono habitual, pero eso no quitaba que, a la hora de la sangre, fuera de los más salvajes y sucios pateadores de cabezas que se hayan visto jamás.
Irradiaba una belleza que enganchaba las miradas. Su rostro hipnotizaba. Cuando se dejaba perilla, siempre había alguno que le exigía que se la afeitara inmediatamente. El que más y el que menos había tenido sus historias raras con relación a Mizifú. Sus padres eran muy mayores, pero en sus caras conservaban aún atisbos de belleza y de juventud, su madre debía de haber sido una buena gata, al igual que su viejo, los dos tenían una curiosa mirada llena de vida tras sus oscuros ojos, llevaban jubilados muchos años, y nunca supimos qué hicieron para sobrevivir en el pasado, pero Mizifú había trabajado, al igual que yo, en muchos trabajos de mierda: mozo, camarero, albañil, lo último que hacía era repostar combustible en una gasolinera, donde el dueño, un tipo gordo y asqueroso le había tirado los tejos en varias ocasiones, le llegó a ofrecer grandes sumas de dinero por que se dejase follar, pero Mizifú siempre le dijo que no, odiaba a aquel hijoputa, y en consecuencia, los demás odiábamos también a aquel hijoputa. Ahora el asunto descansaba en paz. Última voluntad. Testamento cumplido.

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