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La Coctelera

Miguel Ángel Lizaranzu

RELATOS Y POESÍA - - Mantenimiento y actualizaciones: AGUSTÍN LÓPEZ

23 Julio 2007

La fosa estrecha de Juan Simón - 19. La última cagada de algún dios rencoroso

LA FOSA ESTRECHA DE JUAN SIMÓN

Capítulo 19 - La última cagada de algún dios rencoroso

Yo no solía ir mucho por allí. Alguna que otra vez en busca de cachondeo. Pero follar allí no era muy recomendable. Había sitios más caros, pero con más clase. Las dos o tres veces que había ejercido de putero había sido en lugares diferentes a la "Fuensanta". Entré en una de las casitas a conciencia. "A jierro". En la puerta estaba el Isabelo, un chuloputas de lo más vulgar. Alcohólico, cuarentón, estafador de poca monta...
Lo conocía por "La Iguana". Me saludó cordialmente. Pasé dentro. Apestaba a humedad, a semen rancio, a polvos mal echados. Todo mezclado con un aroma a incienso y a cocaína quemada.
Me recibieron dos tipas que no estaban nada mal. Una mulatita que no sobrepasaría los dieciséis años y una yonki, que, a pesar de los pesares, estaba follable y era atractiva.
Detrás de ellas y apartándolas a sendos lados de mi cuerpo, apareció la madam, acariciando mi paquete con coquetería estúpida, con una confianza que no existía.
Me era familiar, muy familiar.
-Ya tenía ganas yo de que nos visitara un buen "berraco" por aquí...
¿me estaba llamando "puerco" aquella puta estridente?... una mujer mayor, de unos sesenta y pocos años. Pintada hasta las cejas, porque no existían las cejas en su frente. Un moño teñido y mal puesto acababa en su coronilla. Su cara era lo peor, hinchada de alcohol y de otros excesos, una cara que parecía de plásico.
Parecía muy mayor, tenía artritis en las articulaciones, sus manos eran garras retorcidas, no acariciaban, arrancaban la tajada a su paso por la carne. Intentó pellizcarme las mejillas pero le aparté la pezuña a un lado. La vida y los años le habían dado un buen "tuteo" a la muy asquerosa.
Era un deshecho. La última cagada de algún dios rencoroso.
-Tu cara me suena, precioso...
-¿A qué?
- A viejo y a niño.
Ya la tenía. La recordaba. Con otro cuerpo, con otra cara, con el olor que los recuerdos hacen diferentes y hermosos a las sensaciones, pero con la misma esencia.

Había caído en la cuenta de ello. Aquella puta era la madre de Gran Gordo. Su puta madre. La "madam" volátil. Viajando de feria en feria, de circo en circo, había llegado desde la gran capital hasta allí, para ofrecerme sus tesoros podridos.
Gestos, timbres en la voz, dolor, dolor, dolor... La parada de los monstruos... allí estábamos nosotros. Encadenados a un destino voraz , del cual, los dos descreíamos.
Los dos lo sabíamos. Decidí cargar con la responsabilidad de aquellos tesoros.
Los acepté sin pensármelo dos veces. Me la follaría a ella. Treinta euros. Ya era caro. Pagué. Y subimos al catre.
Todo el asco y la generosidad que ofrecía el momento se convirtió en un acto mecánico.
Primero se lavó el coño. Yo miré hacia otra parte. Las telarañas de una de las esquinas me parecieron un buen escenario.
-Puedes besarme, si quieres... -dijo. Pero no lo hice. Me puso un condón de dudosa credibilidad en el centro de mi polla. Todo esto después de darme varios lenguetazos en la punta de la misma. De otra manera no hubiera sido posible. Cerré los ojos. Empecé a cabalgar imaginando que aquellos brazos asquerosos que me apretaban y aquella vulba llena de bilis eran el cuerpo y coño de Pleamar. Funcionó durante un buen rato, hasta que empezó a farfullar algo...

-¡Sigue!, ¡destrózame!...
-¡Cállate, puta! ¡no me gusta el ruido!
y se calló la boca.
Seguimos así un buen rato. Tuve que concentrarme mucho tiempo para inflar la goma.
Por aquel coño habían pasado miles de tipos, y lo peor y más morboso de todo, la cabeza y el cuerpo de uno de mis mejores amigos, eso fue la punta que colmó el vaso, imaginarme la cara de gran gordo destrozada con mis embestidas salvajes, rota por mis pollazos endemoniados. Me corrí y grité fuera de mi propio pellejo. Allí dejaba toda mi malicia y toda mi bondad. En el interior del coño de la madre de mi mejor amigo.
La polla se me aflojó rápidamente, y el condón se derramó en el interior de su pozo negro.
-No me importaría volver a ser madre si el hijo tiene tus ojos...- dijo ella, demasiado confiada. Quizás la menopausia respaldaba aquellas palabras, pero a mí me dio un asco terrible. Me puse la ropa y me marché rápido. La dejé colgada de su personal horizonte. Me fui. Me fui de allí para siempre.

Entradas anteriores

1. Extraño prefacio

2. La ruleta rusa

3. Veinte euros de diesel

4. Gran Gordo

5. La Iguana, nuevas sensaciones

6. Cuatro jarras de cerveza

7. Cerveza, destilados, música y charla


8. Pleamar

9. Risotadas

10. Movida en el Sunset


11. Punk Rock


12. Una pareja de conocidos

13. Silencio

14. Alucinógenos

15. Jazz a solas

16. Os anda buscando

17. Enfermo

18. Profesionales

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Liza y el escuadrón de 1ºC (por Mori) La cafetería era roja, de madera, con luces cálidas envolviéndolo todo, sonaba una canción en la caja de música, "La carta" de los Enemigos, los clientes sorbían café, las dos camareras charlaban sobre algo sin importancia, hacía una tarde rara y el cielo anaranjado comenzaba a bostezar. En realidad todos estaban comenzando a bostezar, el día lo exigía a gritos.

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