La fosa estrecha de Juan Simón - 21. 5.40 am
LA FOSA ESTRECHA DE JUAN SIMÓN
Capítulo 21 - 5.40 am
¿Cuánta gente andaría muriendo a la misma hora en aquella noche?.
En sus diferentes y personales espacios. Asesinados. Suicidados. Riéndose como locos del tercer mandamiento. A la fuerza o por obligación. Millones de gritos sonando al unísono, callando al resto de las voces. Interrumpiendo las conversaciones interesantes y triviales. Dejando en silencio a la palabra del tipo y de la tipa más pintados...
Aquel grito invisible lloraba por todos esa noche.
Sin conciencia, sin ropa... vacío y lleno a la vez.
Aquellas reflexiones me dieron hambre. Regresé al 24 horas y compré una porción de pizza. El tipo de la tienda me la recalentó en un microondas comido por la grasa. Viniendo de donde venía no le hice muchos ascos a aquel detalle. Me la comí con ganas. Eructé y todo.
Regresé a la entrada del "Sunset", seguía llena de gente. Uno más. A nadie le importaría.
Me puse a la cola y pagué la entrada en la taquilla cuando me llegó el turno. Parecía una carnicería.
El solomillo, las chuletas y el jamón. El público era la oferta y el público era la demanda. Putos, éramos putos sin el carnet de manipulador de alimentos.
Pasé dentro. La macro-discoteca y su gente. Carne y música de macro-discoteca. "Tum-tum-pá".
Más sudor y más lágrimas. Y el jodido humo entrando por la nariz, por las orejas, por los ojos, por cada poro de la piel, haciendo de mí una persona asquerosa.
"Tum-tum-pá", "tum-tum-pá", retumbaban las paredes y los intestinos de los allí presentes.
Te daban unas tarjetitas a la entrada para las consumiciones, los camareros las picaban y pagabas al salir. Me acerqué hasta la barra y obtuve una buena panorámica de la planta baja. Las "go-gos" bailaban en jaulas adornadas por luces de neón, moviendo sus culos al ritmo de aquella música estridente. Había tres pistas, todas abarrotadas. Todos bailando. ¿Qué cojones hacía yo allí?
Pedí un Ballantaines-pepsi. Recé por que no fuera garrafón, pero no tuve suerte.

Aquella colonia costaba unos doce euros. Empecé a tragarla poco a poco. Sin atragantarme.
Paseé por la planta baja. Ningún conocido. Sólo luces y ruidos estridentes. Allí no estaban los muchachos. Entré en la sala de música más tranquila. Éxitos de los ochenta y noventa. Aquel mini mundo lo formaban tres plantas más.
Me venía grande. Demasiada sangre fácil... miré el reloj, eran las cinco y cuarenta de la madrugada. Compré tabaco y me senté en uno de los reservados.
Había bastante menos gente allí. Con las mismas intenciones que los otros cabrones de al lado, bailar y apurar las últimas horas de la madrugada.
Entonces aparecieron por la puerta Félix y Fritz, miraron alrededor y me divisaron. Llevaban una buena mierda encima.
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17. Enfermo
